Cenar fuera de la casa de uno siempre fue una de las preocupaciones más grandes del ser humano, que comenzó allá por la época de las cavernas, cuando algún cavernícola llevó a su familia a comer carcasas de dinosaurios que habían quedado en banda desde que se extinguieron.















Y no es para menos. Con la inflación, el índice NASDAQ y montones de paparruchas más que se inventan los economistas para que creamos que lo que hacen sirve para algo; salir a comer afuera, puede salir bastante caribe. Ni que hablar que en muchos casos puede ser un momento singular que desbarate la monótona vida familiar y para el cual se precisan especiales patrones de conducta.

El solo hecho de elegir el restaurante para comer ya es una decisión que carcome el cerebro de jefes/as de familia y de personas que quieren llevar a cenar a su pareja. Ni Einstein podía decidir rápido a donde ir a poner sus morlacos a la hora de llevar a cenar a su esposa (que por otro lado, es la mujer con el mejor físico del mundo) (ehhh, prometo que antes de volver a hacer otro chiste choto pongo una advertencia) y por más que dedicó su vida al estudio de materias abstractas, la incógnita de “¿la llevo a un lugar fifí o la llevo a comer unos chori a algún carrito?” debe de haber cruzado su marote más de una vez.

He ahí la cuestión. ¿Llevamos a nuestros invitados a un recinto de lujo arriesgándonos a quemar nuestro sueldo la primer semana del mes, corriendo el riesgo de quedar como unos pichis cuando vemos que no nos dá para el postre y sugerimos “ir a comer mandarinas a la rambla”? ¿o vamos a alguna pérfida cantina donde el plato más lujoso es un pollo con papas que por la pinta parece que fue degollado cuando Artigas estaba liberando a la patria?

¿Como quedamos peor en un restaurante? ¿Diciendole a nuestra pareja que no se sirva polenta frita porque nos pareció que tenía hongos? ¿o diciéndole a nuestra cita que vaya poniéndose los guantes porque a el/ella le toca lavar los platos mientras nosotros trapeamos el piso?

Luego viene la difícil encrucijada de que plato pedir. O sea, no dudo que está bueno pedirse unos escalopes de salmón a la salsa dom perignon con juliana de vegetales malayos, pero hay que tener en cuenta una de las máximas universales de comer afuera:

El precio de un plato es directamente proporcional a la refinación de su descripción y los minutos que demora el maitrê tratando de explicar los contenidos del plato para finalmente decir “es como un churrasco pero con una salsa por encima”.

Aquí es cuando la dialéctica funciona mejor. Es deber del que paga convencer a quien pidió el plato caro que no le va a gustar y que mejor se pida una milanesa. Y es el deber del invitado insistir en pedir el plato más caro y con menos pinta de ser comestible (cualquier plato que lleve una combinación de alcaparras, rúcula y boniato va a salir un huevo y va a ser asqueroso) para luego no comerlo porque estaba feo.

En los restaurantes caros (y últimamente, en los pichis también) cobran cubierto. Lo cual quiere decir que es deber de la casa traerte aunquesea algún grisín. Si tenemos suerte podemos ligar algún pancito recalentado para dar la sensación de que está recién hecho (minga! ese miñón calentito es el que les sobró a la mesa anterior) con alguna mayonesa rara. No hay que dudarlo, se ataca los pancitos, la mayonesa, y si hay sal en la vuelta se le echa encima; solo para desquitar el cubierto. 


Cuando se acaba el pan, comienza el segundo punto álgido de una salida: la comunicación con el/la mozo/a. Este es un hecho muy importante, y los muy hijos de puta saben que es así. Dependiendo de la propina que estemos dispuestos a dejar, el mozo puede ser nuestro principal aliado o la persona más despreciable en la faz de la tierra. Si es del primer tipo, va a acercarse sigilosamente (tienen la costumbre de acercarse a la mesa cuando uno menos lo espera) y cambiar rápidamente la panera sin mediar contacto visual con nuestro ser avergonzado por haberse papado todo el pan como un refugiado de un país sub-sahariano. Si es del segundo tipo, es posible que se acerque y diga “Opa, había hambre ¿eh? Le va a convenir entonces pedirse un plato de verdad y no la entrada de jamón y palmitos que pidió”. Si la concha de tu vieja, el problema es que quién sale conmigo decidió pedirse los escalopes de salmón, y a mí me dá nomás para un jamoncito cagado.



Y para bajarlo, la bebida. La fuckin’ bebida. Las escorias humanas de las compañías de refresco inventaron la dichosa botellita de 290 cc para que no nos dé ni para mojarnos el buche mientras deglutimos como desaforados los pancitos con mayonesa.
 

No sean malos bo, con esas dos botellitas cagadas me mojé los labios y se me acabó el contenido.

Lo peor no es la ínfima cantidad de refresco que viene en dichas botellas, sino que generalmente te las cobran como a cuarenta mangos, o más. Sobre todo en los lugares en donde los pancitos y la mayonesa tienen un agregado extra de sal. Pero para el invitado la decisión es complicada también. ¿Qué pasa cuando nos papamos demasiados miñones y vemos que no han pasado ni cinco minutos desde que llegaron las botellas que ya estamos exprimiendo hasta la última gota de refresco? ¿Nos hacemos los boludos y cuando nadie mira levantamos la botella vacía en dirección al mozo y rogamos porque nadie se de cuenta? ¿Nos morimos de sed y nos paramos al baño cada cinco minutos para meter la trucha abajo de la canilla?

Decisiones difíciles que no toda persona puede tomar y terminar sano.

Hagan unos fideos en casa, se van a evitar problemas.


AHORA SI DECIDE HACER CASO OMISO A TODO LO ANTERIOR ACA LES DEJO UN PAR DE LUGARES DONDE NO HA PASADO NADA DE LO ANTERIOR PODRÍAMOS DECIR QUE LA ESCEPCION QUE CONFIRMA LA REGLA(ACLARO NO TENGO NADA QUE VER CON ELLOS PERO SI QUIEREN EMPEZAR A MANDAR COMIDA GRATIS NO HAY DRAMA)




Bocaamada

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