-¿Y por qué Peter?
– Diego Capusotto: En principio fue simplemente porque Peter Capusotto me parecía ridículo como nombre. Y Peter está muy vinculado a nombres de rock sajón (Gabriel, Frampton, Green). Después supe que -casualidad o causalidad, ehhh- a Pedro (Saborido, el productor y junto con Diego, guionista del programa) muchos allegados le dicen Peter.

-En 2006 empezaron en la Rock & Pop TV y este año pasaron al 7. ¿Ironía y acidez son bien soportados por un canal estatal?
-D.C.: Sí, no hay problemas. La única vez que me pasó algo así, de sufrir alguna queja, donde yo estuviera involucrado fue con Peperino (el cura de medianoche que hacía Fabio Alberti, en Cha cha cha). El gerente de programación del 7, Martín Bonavetti, es fanático del programa y a Rosario Lufrano (la directora) también le gusta. Ellos quisieron que estuviéramos en el canal.

-Tu humor apuntó siempre al folklore del fútbol, peronismo y rock. ¿Por qué esta vez elegiste focalizar en la música?
-D.C.: Siempre estuve emparentado con el rock, desde que era chico y mi hermano mayor me hacía escuchar esa música. Yo quería jugar al fútbol o tocar la batería en una banda. Y además, en este caso fueron los videos (propiedad de su amigo Marcelo, el Griego, Iconomidis) y no los personajes, los vehículos o disparadores del programa.

Quise ser una especie de VJ de música que me gusta, con la que me crié y no se pasa por la televisión ni está en circuitos comerciales, música de un período para mí emblemático del rock, por la asociación a determinado proceso histórico que produjo esa intensidad que tuvo. Quise reivindicar desde un lugar testimonial toda esa época, sin caer en algo inmaculado ni hacer la gran liturgia del rock. Luego vino lo actoral, el desarrollo de los personajes, el lenguaje del humor vinculado al rock y su folklore que, especialmente a partir de esta segunda temporada en el 7, ganó más lugar que los videos entre la gente.

-En el programa hay una tensión entre ese homenaje y la sátira
-D.C.: Sí, claro, pero no hay nostalgia sino reivindicación porque no tengo ningún prurito en decir que me gustaban más aquellas bandas que las de ahora y, a la vez, uno se ríe de lo que ama. Por ejemplo, en cuanto al peronismo, que lo reivindico como hecho social, hoy lo que queda es como una mascarada, un mamaracho que no me interesa.

-Reivindicás marcas de tu infancia. ¿Cuáles suponés serán los hitos actuales que marcarán el futuro de tus dos hijas (Elisa y Eva, de 8 y 4 años)?
-D.C.: Y no sé, hay tanta información hoy que no sé en qué decantará, hay más descarte y todo se reemplaza muy rápido, el rock es distinto, se convirtió en una empresa. La verdad es que dejo que los jóvenes se decanten solos mientras yo me ocupo de otra cosa.

-¿Te sentís incapaz de desentrañar como es hoy la “cultura joven”?
-D.C.: Sí, hay cosas que no puedo decodificar porque no tengo 20 años. Tengo una observación curiosa del mundo joven, algunas cosas creo que ya las sé y otras me pueden sorprender. En fin, la mía es una visión desmitificadora, tal vez impiadosa, de alguien de 46 años que ama al rock y que también odia al rock cuando escucha a uno de treinta decir que es rockero pero en realidad quiere una casa en Montecarlo.

-Hablando de desmitificación, ¿un personaje como Pinky Lavié remite a Pity Alvarez?
-D.C.: No hay nada directo pero digamos que viene un poco de ese imaginario. Es un personaje que me gusta, es un suicida y sabe que lo es, no es hipócrita. Parte de esa confrontación entre lo que para la sociedad es horroroso y otras cosas que uno sabe que también son una porquería: es esto (fumar un juguete tóxico) o ser notero de tevé; es esto (escuchar música adentro de una caja junto a una rata con hanta virus) o ser administrador de empresas.

-Luis Almirante Brown
-D.C.: Viene de lo antagónico entre la poesía más sutil, estilo spinettiano, y lo más grasa, tipo cumbia villera. Las letras las hacemos con Pedro y la música es del Tata Arias. Tiene un tono de seriedad pero siempre es muy tremendo lo que dice, aunque parte de un gran convencimiento.

-Pomelo, ejem, sería un Juanse
-D.C.: No, no (risas). Es el estereotipo sobreactuado del rockero que pasa del barrio a la limusine, la puta y al champán, muy pueril, y en su versión más baja y berreta.

-Soi Baba
-D.C.: Lo mismo que cuando hacía a Sidharta Kiwi, tiene un discurso antagónico a lo que uno puede esperar de estos tipos, la búsqueda del ser y la unidad. Dice, chicos, no existe más nada, sólo lo material, nos morimos y se acabó todo. Es un discurso lineal, casi primario, la truchada sin sutilezas.

-Roberto Quenedi
-D.C.: Parte de un ejercicio bastante habitual, el de cantar en un inglés que no sabemos y que creemos entender.

-Juan Carlos Pelotudo
-D.C.: Remite al adolescente, al fogón y el tratar de sacar Humo sobre el agua. Claro que algunos pueden, pero a él no le sale y también me da como una ternura.

-Fabián Crema
-D.C.: Es un cantante de un erotismo exacerbado, toma mate y babosea la bombilla, un verdadero asco.

-¿El fútbol continúa atrayéndote como lugar de observación?
-Como lugar emotivo y como juego. Pero la relación que tiene el fútbol con la televisión me parece inmunda, es tan artificial, me aburre esa cosa cinematográfica que hacen del fútbol, la gente llegando a la cancha, los jugadores en primera persona que después aparecen contando anécdotas y riéndose en otro programa. Me quedo con la figura romántica del jugador, que va y juega y no aparece más, incluso me parece hasta más heroica.

-Peter… es el único ciclo de humor en el aire. ¿Será un género en decadencia en la TV?
-D.C.: Lo que pasa que la televisión está haciendo humor de la propia televisión. Nos reímos de lo que le pasó a Mariana de Melo. Con Bailando y Patinando por un sueño empezaron a aparecer elementos que componen a personajes de pelotudos para que se hable de ellos, porque no creo que sean tan pelotudos. El lenguaje del humor pasa hoy por el archivo. No hay mundos imaginarios, nos reímos de lo que sucede.


-Ni Peter puede obviar esa realidad. Hasta la nombró a Rocío Marengo
-D.C.: Claro (risas). Mi fantasía es traerla al programa para que haga su columna de opinión: “¿Por qué pasó a la ilegalidad el ERP en el ‘73?”, por Rocío Marengo.

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